Pero, sin duda, lo mejor de Lesoto es su oferta turística porque no es necesario haber montado nunca a caballo para disfrutar de uno de los clásicos de este país: un pony trekking, es decir, unas cabalgatas que pueden llegar a los seis días de duración y que permiten pernoctar en cabañas en diferentes aldeas y conocer así la cultura de un pueblo que se enorgullece de no haber sido conquistado o colonizado nunca y que todavía mide las distancias en el tiempo que tardan las caballerías.
La historia de este país, que geográficamente es un enclave dentro de Sudáfrica, está íntimamente ligada a su fundador, Moshoeshoe I que en los años primeros del s. XIX tuvo que pedir ayuda a los Gran Bretaña para convertir Lesoto en un protectorado británico.
Así, no es de extrañar que haya nieve perpetua en alguno de sus picos, que los vestidos tradicionales en uso vengan en forma de gruesas mantas bien coloridas, que el medio de transporte de preferencia sean los caballos, los burros y los ponis y que uno pueda volver a casa diciendo que ha esquiado en África. Más allá del sinnúmero de actividades al aire libre que ofrece Lesoto: desde hacer rápel hasta senderismo, de montar a caballo a ir en canoa, de pescar truchas a, efectivamente, esquiar en invierno.
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